Luego, ya en el día a día, si durante el trascurso de ese tiempo de tenencia “responsable”, le surgen contrariedades y contratiempos tan insalvables como que ladra, la caquita no es marrón sino tirando a clarita, ha mordido al mosquito peleón de la escalera…ahora resulta que no es procedente su entrada en el maletero para las vacaciones en la playa o no es lo que se esperaba ahora que el animalito toma forma, cuerpo y fondo, optan sin más compasión que la que nunca tuvieron por abandonarlo.
El hecho físico en sí del abandono es en realidad un más que cruel acto donde el animal, totalmente dependiente de sus necesidades más primarias, de subsistencia e incapaz de promover su supervivencia en un entorno hostil lleno de coches, de escasez de alimento o de agua, acabará en una vida que será del todo menos cómoda. Un encuentro colosal por pura desorientación espacial, con un vehículo que lo lanzará de estampida unos cuantos metros hasta quedar desollado hasta su condicionamiento, morir famélico, desangrado, en una perrera con los días no ya contados sino marcados o su dueño, en un intento bastante esperpéntico a veces, de contrarrestar ese extraño pseudo sentimiento de culpa con un chantaje emocional acude imponiendo una solución unilateral a su molesto problema bajo esa frase tan impactante como dolorosa para quien la escucha de “ O me lo cogéis o lo mato”
¿Quiere matarlo? ¿Quiere desprenderse de él? ¿Quiere permitir que aquella problema al firmamento cayó más que en un saco roto? El animalito, de 6 meses, 4 años o casi que ya no cumple los 9, mira inocente a todos los lados mientras espera que su dueño acabe la conversación ajeno en un desconocimiento terrible que es su futuro el que está en juego. Decir No sin sentirse culpable. Difícil tarea.
Desde luego que hay casos y casos. Casos reales, justificados e incluso más que benevolentes con el destino del animal. En el caso de los perros y gatos, los más comunes, hay justificaciones que son más que razonables, en otras, la etiqueta en su clasificación ahonda bastante el mundo del improperio por carecer dicho acto de toda justificación o excusa, quedando siempre en un rechinar de dientes porque, entre que es dificilísimo sentenciar o sancionar un acto tan cruel como es el abandono, como concienciar a los propietarios de las responsabilidades que conlleva decidir sobre la tenencia de un animal la variedad es una alta gama de falsas incomodidades e incongruencias.
La realidad diaria, cotidiana, esa que en días señalados es incapaz de disciplinar los nervios, es que las perreras municipales están llenas de animales domésticos y totalmente vacías en función siempre de la periodicidad que se estipule para fijar el día de sacrificio, de la muerte, de su muerte, de muchas muertes una detrás de la otra o en grupo. Su mantenimiento es a cuenta de los presupuestos públicos por lo que todos sin quererlo y sin poder no consentirlo estamos colaborando en que el abandono aparte de ser un acto cruel, sea un gasto presupuestario, un mal necesario que muchos ciudadanos no quieren, como tampoco quieren, con dinero público, los bienes de interés cultural declarados vehementemente con decretazo ni mucho menos las sueños de poner identidad de artístico a un acto cruel. El Arte es otra cosa y desmerece pero sólo al arte ese de zapatillas y jueguecitos de saludos al sol. El arte debe emocionar al espíritu y éste debe permanecer puro, nunca manchado, nunca sanguinario. Eso no es Arte.
De otro lado, los albergues y refugios no dan abasto, las casas de acogida más que saturadas y un extraño sabor a vergüenza corre por las venas de los que sin quererlo han de asumir lo que otros imponen. Una realidad diaria agónica y vergonzosa, por lo demás, decir NO por una mera cuestión de espacio ya resulta tarea harto difícil. Y esto no es arte ni mucho menos, esto es una realidad de lo más cruda y de los más real. Todo es tan real…
¿ Es que tanto cuesta ser civilizado? Qué tontería.
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