Se llama Nana, está con sus cinco añitos más o menos en la plenitud confinada de aquello que se podría llamar como el umbral de la mirada serena. Lleva un tiempo en el albergue, unos cuantos inviernos acompañados de otros tantos veranos con sus otoños incluidos. Las primaveras, con sus sustancias alergénicas no le han arrebatado ese consuelo feliz de “sonrisa” agradable aunque eso sí, en un plan muy irracional, por supuesto.
Es medianita, está esterilizada y algo rolliza y graciosa, el porte airoso lo pone ella y se comenta coloquialmente que aunque está casi siempre feliz y que se lleva bien con todos pues que estaría más que dispuesta a transmitir toda la alegría que lleva dentro y hacer de acompañante en tranquilos paseos.
Y eso te lo podemos asegurar. Se lleva bien con todo y con todos, su mirada ya lo confirma.
No busca nada, no quiere nada pero todo lo da. Es educada, inteligente, cariñosa y en fin, no es la sílfide de Paracelso pero tampoco la Venus de Willendorf, es un encanto vertebrado muchísimo más terrenal pero que puede llenar perfectamente el trozo de hueco de un camino que en algún lugar de esa realidad, esa que hay ahí fuera, está vacío. Puede parecer una tontería pero el mundo está lleno de muchas sandeces y no pasa nada.
Nana. Adelante.
Nana. Adelante.
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