8 de abril de 2011

Para todo hay una primera vez...

 Desde hace unos cuantos años, puede que hasta desde que recuerdo tener uso de razón, mi amor por los animales me llevó, cómo no, a pensar también en aquellos que, abandonados por la mano del hombre, vagaban sin rumbo por las calles y las carreteras de este mundo. Pero, ¿que podía hacer yo, una niña inocente y carente de recursos? Intentaba pues todo lo que en mi mano estaba; les solía dar un poco de comida y agua en el jardín de enfrente al regreso del colegio, e incluso también algunas simples pero tiernas caricias si su temor e incertidumbre no me lo impedían. En verdad, no sopesaba ni entendía la realidad que se mostraba ante mis ojos, hasta que el paso del tiempo me desveló una realidad reiterada, aquella que se repetía día a día, año tras año y abandono tras abandono. Más tarde supe de lugares dónde, de manera voluntaria, acogían a estos maravillosos seres, algunos durante un periodo temporal y otros para el resto de sus vidas si la suerte de la adopción no les sonreía. Justo a partir de este momento empecé a notar que una parte de mi deseaba incondicionalmente ayudar en las labores de voluntariado que se realizan cada día en dichos refugios. Pero la otra parte de mi se resistía, y vistiendo una pequeña venda en los ojos, aunque un tanto translúcida, intentaba evadirse de la triste verdad poniendo como excusa la pena y la lástima. Es por esto que, aunque siempre había deseado adoptar un perro como aquellos que mis ojos acostumbraban y aun, desafortunadamente, acostumbran a ver en numerosas ocasiones, no podía hacerme a la idea de ser yo quien debiera escoger uno entre tantos de ellos. Pero por suerte, tuve la oportunidad de hacerlo, y armándome de valor sentí que al fin podría aportar mi granito de arena.
 Adopté a Blanca, una perrita de 2 años que junto con Wanda, otra víctima del abandono y de una camada indeseada, forman un equipo canino extraordinario. Esa fue mi primera adopción y mi primera vez en un refugio. Tras esta experiencia, la otra parte de mi acabó uniéndose a la primera para poder aportar algunos otros granitos más. Decidí entonces involucrarme un poco más con el trabajo voluntario del lugar e intento ir todas las veces que me es posible para entregar tanto cariño como recibo por parte de los numerosos perros, todos ellos encantadores, simpáticos, inteligentes, y sobretodo ESPECIALES.  
Con esto, animo a todos   a participar en esta experiencia maravillosa, capaz de contribuir, entre otras cosas, a un estado de satisfacción personal y evasión temporal de la ajetreada vida cotidiana. De la misma manera aprovecho para agradecer a todas aquellas personas que me han apoyado en mi diminuta labor y sobre todo a mis padres, a mi chico y a mi hermana por haber tolerado, respetado, soportado y consentido mi gran estima por los animales.
Casandra, adoptante de Blanca.  Abril 2011

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