Jamás han reclamado nada, pertenecen a la escombrera de un mal llamado deporte. Suelen confundirse con los estratos más bajos de la utilidad. Pueden sufrir lo indecible y lo inimaginable y siempre, silenciosamente atados a un alambre o a una cadena de dos veces su peso. Suelen sucumbir como panales de abejas muertas y los que logran sobrevivir lo hacen en condiciones penosas y su vida suele ser corta, son restregados una y otra vez a la miseria y al más cruel de los abandonos. Pero hay algo, algo que les diferencia, algo que les pertenece solo a ellos y ni siquiera posiblemente su genética les haga perder. Fueron reyes de reyes, fueron respetados, queridos en el pasado, fueron adorados como verdaderos dioses y les quedó un misterio, su propio misterio. Un misterio no respetado pero más allá de su uso, de su mal uso y del sufrimiento e indiferencia que acompañan sus vidas, poco a poco te invitamos a que te fijes en ellos unos instantes, unos propios e intransferibles instantes, esos que pueden grabar en la retina la posibilidad de cambiar un concepto, una idea, una versión del mismo cuento a veces poco conocido.
Estos animales, son especialmente sensibles, afectuosos, cariñosos, tal vez un poco tercos pero hasta su terquedad quizás resulte simpática. Muchos sólo pudieron comer guindillas picantes de tanta hambre que padecieron, otros rompieron su tiempo con el pan duro y otros, sus costillas no dieron para más y sucumbieron al intento de sobrevivir. Otros, tuvieron mejor suerte.
Incomprensiblemente, estos animales, incapaces de cazar y por ello desahuciados, pasan desapercibidos como animales de compañía aunque tal vez solo sea cuestión de grabar en la retina y por unos instantes, la posibilidad de cambiar el concepto, la idea, la versión del cuento de infelices desahuciados , de ese cuento al que habrá que dedicar más tiempo a contarlo.

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