Tras una gran secuela de esfuerzos y sinsabores, de historias mal contadas y páginas cotidianas escritas con el corazón y buen propósito de unos y otros, tras unas cuantas negativas y bofetones esperados e inesperados, insolentes o maleducados, llegó el calor, el sudor y el tiempo pegajoso con sus pringosas horas. Comenzamos a plantar como champiñones y desesperadamente toldos y sucumbimos al estrés de la saturación en el Albergue.
Continuaban dejando seres vivos atados o simplemente arrojados, seres casi recién nacidos o ya nacidos, casi recién muertos, los agonizantes reclamaban su derecho a vivir. La conciencia tranquila, por supuesto, aunque intranquilice al otro, faltaría más... Y éramos una milésima de la milésima parte de lo que sucedía en otros lugares.
El tiempo solidario, este dedicado y a veces extralimitado reclama silenciosamente un poco de sentido común pero no se encuentra. En este tiempo asociativo, ese de intereses comunes y acuerdo de voluntades alguien pregunta cuánto valen los sueños… cuánto valen los sueños asociativos…los ideales, los fines que se persiguen, cuánto valen los propios sueños que se ejercen sin más, por ayudar, por colaborar frente a esa tutela quebrada, por ese trozo de realidad que sucumbe al desprecio e indiferencia .
Frente a continuos sustos algunos imposibles de remediar y otros fáciles de recuperar, un montón de necesidades abofetea el horizonte común. Incluso pone a prueba la coherencia y la certidumbre ¿Cuánto valen esos sueños?
Acaso unas cuantas generaciones, el sueño del ilusionista o acaso la espera de que crezcan los niños y cambien el mundo, tal vez un cambio en la mentalidad política o en los que han de aplicar las leyes, acaso la vigilia y la atención permanente en un espacio ofuscado con la sinrazón…
Es posible que sea un cambio de actitud, es viable un cambio de pautas educativas, de patrones culturales ¿Qué hace falta para que los sueños valgan lo suficiente como para impedir el abandono, el maltrato? ¿Qué hay que hacer o qué no hay que hacer?
Acaso hemos de utilizar palabras aunque no tengan sentido y a veces sin texto o es que en ocasiones hemos de exhibir textos huérfanos de palabras desbordantes de significado para que alguien remotamente comprenda lo que se quiere decir… ¿Acaso hemos de limitarnos a 140 caracteres o sería conveniente unos pocos más?Valen acaso una cuota o mil cuotas, acaso mensual o anual o es que hay que pagar por los sueños para que estos se cumplan y evitar que se conviertan en terribles pesadillas.
¿Cuánto valen los sueños de tantas y tantas personas que persiguen lo mismo?
No lo sabemos, no sabemos qué precio tienen los objetivos y los ideales . Lo único que queremos conocer es el trabajo en equipo, intentar que no crezca maleza en los bordes del camino, que podamos llevar a cabo los proyectos, que el cuello no duela demasiado y la cabeza permanezca en su sitio. Que el tiempo, cambie la realidad o que sea la realidad la que obligue a cambiar al tiempo y que este a su vez nos permita costearles alimento y asistencia veterinaria, que las personas se animen a ayudar y al borde de la extenuación, cuando todo parece que se hunde, no tengas más remedio que mirarles y comprobar que ellos no necesitan ni una sola palabra, ni un solo texto, que tu razón es su matiz y su inocencia tu conocimiento.
Que desgraciadamente dependen mucho del ser humano, ese que les legisló unos derechos y resolvió tutelar su existencia aunque esta sea a veces tan ilusoria.
Si perseguimos sueños, estos tienen forma y fondo, tienen materia y energía, viven y sienten. Si son estos sueños, bien valen cansancio, criterio y miles de preguntas con interrogante subrayado. Mucho de corazón y mucho de constancia y tesón. Eso es tal vez lo que valen nuestros sueños. O acaso los sueños, sueños son…y la realidad es la que bien vale un sueño.
En cualquier caso, gracias por compartir nuestras ilusiones y encima ayudarnos a soñar.


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