18 de agosto de 2011

La posibilidad

Es posible que nunca sea  adoptado, es un perro corriente, como tantos otros.  Es un perro que no tuvo la suerte de adoptar,  aparentemente, ningún privilegio en la estética ni ningún canon de belleza se fijó en él, ni siquiera las categorías repararon  en su nombre o en su sombra. Ni alto, ni bajo, ni gordo ni demasiado ladrador, ni bullicioso ni discreto. Es un perro. Un can al que se le puso de nombre Kobit y ahí se quedó. Sus casi ocho o tal vez nueve años  no sean el mejor reclamo para nada, es un perro corriente,  aunque  su madrina  sí que está ahí, se fijó en él y propuso un lazo invisible.
Es posible que nunca sea adoptado, ya ni se sabe de dónde vino, por donde apareció, qué fue de su pasado y  qué le deparará el presente salvo vivir en una jaula y estar expuesto todo el tiempo que sea necesario a las inclemencias y al riesgo de sucumbir. Es posible que  muera de viejo o alguna enfermedad se lo lleve. Pero sabemos que está ahí y que tiene todas las posibilidades porque no hay nada tan  inseguro como la certeza.
Quizás la estadística,  de tan contundente aplaste nuestras ilusiones pero no, aquí tiene sus minutos de gloria, su visión, la madurez de nuestros sentidos al mirarlo, su buen comportamiento y quizás su propio desconocimiento, el de no saber que tras los muros, existe una posibilidad. Una pequeña posibilidad. Aunque sea muy pero que muy pequeña.
Es lo que dicen. También es posible que es lo que sea,  pero con la posibilidad, aunque sí puede que   sea minúscula.
O tal vez no.

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