21 de agosto de 2011

Pena

Pena,   esa que se nos clava dentro cuando una sorpresa  desangelada con la ley de protección de animales colgándole de la oreja,  es dejada atada, pegada sin remedio a un bloque de hormigón hasta que alguien venga a rescatarla.

Pena penita, esa que sentimos cuando algunos malos, muy malos adoptantes  nos recuerdan que no dijeron siempre la verdad cuando el amigo “para toda la vida” era un simple paseo por la novedad y luego,  con malísimas excusas resultó un estorbo,  un incordio y una pesada carga difícil de asumir. Cariño, un poco de cuidados, educación  y un poco de comida…  es que era demasiada responsabilidad.    
Sí, pena,   esa que parte el corazón y  desgarra el sentido, el común y el  nada común.    Pena otra vez,  de nuevo.  Qué  extraña y desagradable sensación de no comprender bien.       
Qué hartura de “siempre lo mismo” y qué cansino   lo que se vuelve petición, solicitud, clamor.  Es una pena  que solita ella,  ya ha aprendido   a frenar la fabricación de  adrenalina y que vuelve a solicitar a los competentes  un poco de aplicación de lo aplicable, un poco de intención, un poco interés.
Pena  negra,   esa de  malas esquinas  donde se trasiega  para siempre con  el final de los animales de compañía abandonados    entre buenos,  malos o dudosos   métodos  porque todo es posible o esa penita  que  estrecha las venas y sonroja las transparentes lágrimas  de espíritus sensibles mientras alguien, indiferente, impune  e impávido,  en cualquier lugar, desampara y abofetea sin contemplaciones  la existencia, con nombre y apellido de propiedad  de un animal de compañía y doméstico   ya acostumbrado mil veces a 1.186  paseos con correa por el río o por la calle, por las vacaciones de agosto y puentes lúdicos o   3 o 5 si acaso  visitas al veterinario o tal vez el  fin del ronroneo de unos bigotillos  felinos, misteriosos y tan hermosos que susurraban leves maullidos de vida feliz mientras alguien le lanzaba lejos, muy lejos. “Saldrá adelante”. No, no saldrá adelante.   
Pero qué  han hecho estos animales y que hicieron tantos y tantos otros para que ya  no se les quisiera, qué mal hicieron para que no atendieran  y entendieran su profundo consuelo, su energía capaz de mitigar dolores y tristezas y producir sonrisas y alegrías… sus derechos, qué mal hicieron para tratarlos así, entre puyas y astillas, patadas y pisotones, entre compromisos rotos y promesas mal construidas.   ¡Era para siempre! Era un compromiso invisible, un acuerdo emocional. No te eligieron. No pidieron ir contigo…
¿Qué ocurrió tan grande y tan insalvable? ¿Un sofá? ¿Una alfombra? ¿Un ladrido a destiempo? ¿Un aparatoso fracaso humano incapaz de reconocer? ¿Una mala educación? ¿Qué hicisteis criaturas… qué mal tan grande provocasteis    como para que os desterraran al mundo del desconcierto?
Qué desconsuelo miraros  uno tras otro, miles de miles  vagar y morir o vagar y encontrar un hueco en algún sitio y comprobar que la especie humana entre sí, hace lo mismo.   
Bienvenida Dina, que por estar  ni te sostienes,    que tu piel bien mirada  es pellejo a tratar  y tus patas, hinchadas deben haber abastecido de inflamación el tórrido asfalto de las carreteras, que si te han encontrado, atada te han dejado. Adelante de  nuevo  Yupi,  no hemos podido más que atragantarnos con los argumentos que llevabas en la correa.
Bienvenidos al mundo del amparo de duros inviernos y asfixiantes veranos, del cobijo  de los  esfuerzos colectivos y adelante  los que con un poco de suerte seáis bienvenidos a algún lugar si  es que se  os puede acoger y atender,  porque hay muchas ocasiones en  que ni siquiera un hueco está disponible, ni siquiera se tiene espacio, ni siquiera hay rincones donde  colocaros   y os quedáis en la calle, en la puta calle a expensas del contratiempo, de la circunstancia o de la buena o mala muerte.  Es que ya sois  demasiados.
 

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