Pena, esa que se nos clava dentro cuando una sorpresa desangelada con la ley de protección de animales colgándole de la oreja, es dejada atada, pegada sin remedio a un bloque de hormigón hasta que alguien venga a rescatarla.
Sí, pena, esa que parte el corazón y desgarra el sentido, el común y el nada común. Pena otra vez, de nuevo. Qué extraña y desagradable sensación de no comprender bien. Qué hartura de “siempre lo mismo” y qué cansino lo que se vuelve petición, solicitud, clamor. Es una pena que solita ella, ya ha aprendido a frenar la fabricación de adrenalina y que vuelve a solicitar a los competentes un poco de aplicación de lo aplicable, un poco de intención, un poco interés.

Pena negra, esa de malas esquinas donde se trasiega para siempre con el final de los animales de compañía abandonados entre buenos, malos o dudosos métodos porque todo es posible o esa penita que estrecha las venas y sonroja las transparentes lágrimas de espíritus sensibles mientras alguien, indiferente, impune e impávido, en cualquier lugar, desampara y abofetea sin contemplaciones la existencia, con nombre y apellido de propiedad de un animal de compañía y doméstico ya acostumbrado mil veces a 1.186 paseos con correa por el río o por la calle, por las vacaciones de agosto y puentes lúdicos o 3 o 5 si acaso visitas al veterinario o tal vez el fin del ronroneo de unos bigotillos felinos, misteriosos y tan hermosos que susurraban leves maullidos de vida feliz mientras alguien le lanzaba lejos, muy lejos. “Saldrá adelante”. No, no saldrá adelante.
Pero qué han hecho estos animales y que hicieron tantos y tantos otros para que ya no se les quisiera, qué mal hicieron para que no atendieran y entendieran su profundo consuelo, su energía capaz de mitigar dolores y tristezas y producir sonrisas y alegrías… sus derechos, qué mal hicieron para tratarlos así, entre puyas y astillas, patadas y pisotones, entre compromisos rotos y promesas mal construidas. ¡Era para siempre! Era un compromiso invisible, un acuerdo emocional. No te eligieron. No pidieron ir contigo…
¿Qué ocurrió tan grande y tan insalvable? ¿Un sofá? ¿Una alfombra? ¿Un ladrido a destiempo? ¿Un aparatoso fracaso humano incapaz de reconocer? ¿Una mala educación? ¿Qué hicisteis criaturas… qué mal tan grande provocasteis como para que os desterraran al mundo del desconcierto? Qué desconsuelo miraros uno tras otro, miles de miles vagar y morir o vagar y encontrar un hueco en algún sitio y comprobar que la especie humana entre sí, hace lo mismo.
Bienvenida Dina, que por estar ni te sostienes, que tu piel bien mirada es pellejo a tratar y tus patas, hinchadas deben haber abastecido de inflamación el tórrido asfalto de las carreteras, que si te han encontrado, atada te han dejado. Adelante de nuevo Yupi, no hemos podido más que atragantarnos con los argumentos que llevabas en la correa.
Bienvenidos al mundo del amparo de duros inviernos y asfixiantes veranos, del cobijo de los esfuerzos colectivos y adelante los que con un poco de suerte seáis bienvenidos a algún lugar si es que se os puede acoger y atender, porque hay muchas ocasiones en que ni siquiera un hueco está disponible, ni siquiera se tiene espacio, ni siquiera hay rincones donde colocaros y os quedáis en la calle, en la puta calle a expensas del contratiempo, de la circunstancia o de la buena o mala muerte. Es que ya sois demasiados.
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