
Nos hemos puesto a pensar, de vez en cuando dicen es saludable. Comprobamos que le perdíamos la pista a los políticos y los gobernantes estaban demasiado ocupados en otros asuntos muchísimos más importantes que el abandono y maltrato animal en todas y cada una de sus modalidades y muchas personas se imaginan que la sensibilidad artística debe correr por algún lado de alguna arteria humana mientras el animal es aplastado, ahogado, desangrado, apedreado o picoteado si no alanceado dándole forma de patrimonio inmaterial, algo así como codearse con la propiedad intelectual o las patentes por decir algo.
Por otro lado, una gran parte de esta sociedad, cada vez más sensibilizada que reclama soluciones sin éxito, que no comprende y que no se explica.

No, no es un tema prioritario y como tal, puede quedarse en el cajón de lo pendiente. El bienestar animal puede esperar. Nos pusimos a pensar modestamente cuando de pronto, nos olvidamos de los políticos y de todo lo demás y nos encontramos de frente con la educación, con la educación y con la educación. Y ahí estaban, los niños y niñas. Esos pequeños adultos, despiertos y sin premisas que les condicionen, que bien encauzados son el futuro de una sociedad donde el maltrato, abandono y salvajadas varias hacia los animales no sean precisamente su buena forma de pasar el tiempo sino que rechazarán de pleno tales actitudes hacia ellos.
Resulta de difícil digestión mental pensar que el maltrato animal forme parte de la identidad de algo o de alguien, de una forma o de un fondo, de un espacio cultural o sea el reflejo donde se mire sin querer, una sociedad.
Pero con la educación en las manos e independientemente de todas las ventajas, de las muchísimas ventajas, emocionales, pedagógicas y terapéuticas que tiene estar en contacto con animales, tener una “mascota” de la especie que sea o acercarse a ellos sin miedo, lo cierto es que la educación desde sus comienzos resulta fundamental. Y aquí, padres, educadores y el propio entorno son imprescindibles. Y pensando un poco más, vimos que teníamos el permiso de los adultos, de los padres, de los tutores, el beneplácito para que los niños se acercaran a los perros, les llevaran cosas y se quedaran un rato con ellos, que Eva, Emma o Cruz no tenían ningún problema en revolotear en un drama desconocido con sus limpias miradas y también comprobamos que podían pasar perfectamente un rato paseándoles y que ellos, que los niños y niñas comenzaban a animarse a apadrinar perros y que no pueden imaginarse la satisfacción que eso produce en una ONG de protección animal como esta.
La erradicación de este drama es un asunto de todos y si desgraciadamente a veces se pierde la pista a los caminos, deberemos dar las gracias a los padres, tutores y colegios que ya tienen muy claro acercar los animales a los niños para educarles en su respeto. Son, sin dudarlo, el futuro. Por lo demás, todas las bondades terapéuticas, emocionales y educativas son evidentes y están magistralmente documentadas y demostradas. Se sugiere que las “mascotas” entren en los colegios y si es posible, no se llene el país de patrimonios inmateriales de color rojo sangre.
Por lo demás, nos limitaremos a agradecer esta implicación tan directa, a agradecerla y mucho.


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