19 de septiembre de 2011

Esos pequeños...


Nos hemos puesto a pensar, de vez en cuando  dicen es saludable. Comprobamos que le perdíamos la pista a los  políticos   y  los gobernantes estaban demasiado ocupados en otros asuntos muchísimos más importantes que el abandono y  maltrato animal en todas y cada una de sus modalidades y muchas personas se imaginan que la   sensibilidad artística debe correr por algún lado de alguna arteria humana mientras    el animal es aplastado, ahogado, desangrado, apedreado o picoteado si no alanceado dándole forma de patrimonio inmaterial, algo así como codearse con   la propiedad intelectual o las patentes por decir algo.        
Por otro lado, una gran parte de esta sociedad, cada vez más sensibilizada que reclama soluciones sin éxito,   que  no comprende y que no se explica.
No, no es un tema prioritario y como tal,  puede quedarse en el cajón de lo pendiente. El bienestar animal puede esperar. Nos pusimos a pensar modestamente  cuando de pronto, nos olvidamos de los políticos y de todo lo demás  y nos encontramos de frente con la educación, con la educación y con la educación. Y ahí estaban, los niños y niñas.
 Esos pequeños adultos, despiertos y sin premisas que les condicionen, que bien encauzados son el futuro de una sociedad donde el maltrato, abandono y salvajadas  varias  hacia los animales   no sean precisamente su buena forma de pasar el tiempo sino que rechazarán  de pleno tales actitudes hacia ellos.
Resulta de difícil digestión mental pensar  que el maltrato animal forme parte de la identidad  de algo o de alguien, de una forma o de un fondo, de un espacio cultural o sea el reflejo donde se mire sin querer,  una sociedad.
Pero con la educación en las manos e independientemente de todas las  ventajas, de las muchísimas ventajas, emocionales,  pedagógicas y terapéuticas que  tiene estar en contacto con animales, tener una “mascota” de la especie que sea  o acercarse a ellos sin miedo, lo cierto es que la educación  desde sus comienzos resulta fundamental. Y aquí, padres, educadores y el propio entorno son  imprescindibles. 
Y pensando un poco más,  vimos que teníamos  el permiso de los adultos, de los padres, de los tutores, el beneplácito para que los niños se acercaran a los perros, les  llevaran cosas y se quedaran un rato con ellos, que Eva, Emma o Cruz no tenían ningún problema en revolotear en un drama desconocido con sus limpias miradas y   también comprobamos que podían pasar perfectamente un rato paseándoles  y que ellos, que los niños y niñas  comenzaban a animarse a apadrinar perros  y que no pueden imaginarse  la satisfacción que eso produce en una ONG de protección animal como esta.
La erradicación de este drama es un asunto de todos y si desgraciadamente a veces se pierde la pista a los caminos,  deberemos dar las gracias  a los padres, tutores y colegios que ya  tienen muy claro acercar  los animales a los niños para  educarles en su respeto. Son, sin dudarlo, el futuro.
Por lo demás, todas las bondades terapéuticas, emocionales y educativas  son evidentes y están magistralmente documentadas y demostradas. Se sugiere  que las “mascotas” entren en los colegios  y   si es posible, no se llene el país de patrimonios inmateriales de color rojo sangre.
Por lo demás, nos limitaremos a   agradecer esta implicación tan directa, a agradecerla y mucho.  

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