Y resulta que cuando queríamos normalizar la situación, arreglar los bebederos, poner fotos de las bolsitas con pienso, con latitas, con lejía, con ropa, con todas esas cosas que traen, descansar, respirar, donar momentos inolvidables, olvidarnos del abandono, de la crueldad, ir uno tras otro, patio por patio, apuntando su nombre en la esquina más visible del cuarto de las siguientes intenciones y apostando por una solución a su vida irracional que no fuera la de morirse de asco en un refugio sino encontrar el mejor de los hogares…
Y resulta que cuando apostábamos por la educación, por la sensibilización, por la concienciación, por los niños, por el futuro que se les iba a dejar, vaya que , después de todo, cuando pensábamos haber instigado suficientemente al cinismo y su parsimonia, a la indiferencia y a la escasísima voluntad de muchos, cuando saturados de beber el caldo agridulce de la paciencia y acusado recibo al mundo de las pulgas, garrapatas , leishmaniosis canina, enfermos que se mueren y esquinas donde ya no volverían a estar Wena, ni Cofi, ni Anita, ni Argento, ni Tommy ni tantos y tantos, resulta que vuelta a empezar, porque otra camada en forma de caja, aparecía a pleno sol a 300 metros del Albergue y todo ello, para terminar de recalcar aún más el comienzo de la mañana.
El tiempo y la prisa nos habían impedido contar muchas cosas y aún hoy lo impiden. Para agradecer, para pedir, para suplicar, para soportar e incluso para recelar. El tiempo y la prisa nos han dejado a medias con mil proyectos y el tiempo y la falta de personas nos dio un puntapié en el tesón, otro en la constancia y otro, de cara, que más bien se parecía a un gran bofetón, nos daba de lleno en la incertidumbre económica, en el presente cercano y con la estela de la crisis, un profundo miedo a si podrían continuar comiendo pienso, seguir recibiendo asistencia veterinaria, si habría dinero para comprar vacunas y aguantar la respiración mientras todo se saturaba o las previsiones se quedaban tan cortas como para plantearse comérselos a todos, comérselos a besos.
Evidentemente la caja estaba bien puesta, de cualquier manera, como si poco importara, al sol, con siete nuevos cachorros de pocos días, con sus ojitos cerrados y como arrancados de su madre que desesperadamente les estaría añorando. Quizás se estaría preguntando por qué malditos humanos tienen que intervenir tanto y tanto en la vida de otros. Por qué malditos humanos se camuflan e invaden los derechos paradójicamente tutelados por la legislación que dicen les protege, por el Código Penal, por los discursos, por las Declaraciones universales…
Si a pesar de todo y aún así, el asfalto de las carreteras ya huele a putrefacto y la impunidad en el abandono es un mal drama, si todo eso no es suficiente para ver un problema, para que se vea ese problema, algo falla. Algo muy grande falla. El modo de ver, el modo de mentir, el modo de ver a unas especies que ya, científicamente han podido demostrar que tienen emociones, algo por otro lado ya se sabía.Mucho dinero público se está gastando en exterminar animales abandonados y curiosamente mucho dinero ya no público sino privado, de los ciudadanos y ciudadanas se está gastando en salvarles la vida pero siempre, como siempre, la realidad está descompensada.
Si todo esto no es suficiente, y no hay voluntad para arreglarlo, si nada cambia, si las leyes se regodean en la ambigüedad para ejecutar y en la tutela penal, las víctimas aparecen desprotegidas porque casi nadie se acuerda de que efectivamente lo son, si esto es así, el tono y la pauta continuarán subiendo in crescendo hasta dejar a la propia realidad maltrecha y desprotegida y a los corazones de muchísimos ciudadanos/as rotos, realmente rotos.
Si nada es suficiente, ni nadie va a hacer nada por remediarlo no quedará más remedio que buscar un barco, un gran barco y allá que se subirán todas estas criaturas que se irán más allá del horizonte vestidas de lo que son, víctimas en un mundo que les llenó el morro de leyes pero no consiguió protegerles porque entre otras cosas no puso mucha voluntad.
Mientras tanto, con un tremendo esfuerzo, continuaremos subiendo fotos de niños, de muchos niños, de sus padres, de voluntarios, de bolsitas con latas, con bolsas de basura, con botellas de lejía, fotos de cachorros en cajas de plástico, esas para poner naranjas o de cartón, o sacos, fotos de personas con nombre y apellidos que tienen mucho que decir y que no se tienen por qué callar porque al fin y al cabo, para los animales, los niños son su futuro, su bocanada de aire fresco y esperanzador, sus puertas hacia una nueva forma de respetarles y por otro lado, muchos adultos, ciudadanos igualmente, que hoy por hoy, son su única voz.
Y a este texto no le vamos a poner ni una sola foto, bueno sí, una o como mucho dos, la de la caja esa de los siete cachorros a pleno sol, esos que les que arrebataron a su madre porque sí. Y porque acabando el día y si las palabras se quedan cortas, los discursos se avergüenzan de serlo y la reflexión puede ser la mejor de las intervenciones, nos queda el barco, donde les subiremos a todos y nos los comeremos. A besos. Porque no hay derecho y porque son víctimas, muy víctimas.
Y… ¿Qué fue de la cajita? Pues hoy duermen repartidos en casas improvisadas tras cientos de horas de llamadas en un tiempo desconcertante, en un requiebro de planes y de palabras. Los siguientes que vengan, es difícil saberlo.
Su futuro, lo desconocemos, posiblemente será muy parecido al de otros muchos que hoy envejecen como las paredes y muros que les cobijan. Esperemos que no.

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