Llovía, esqueléticos y huidizos se acurrucaron como pudieron bajo las espinas de un árbol de poca copa, dieron vueltas y vueltas indefensos y desconfiados, habían comido demasiada tierra y el polvo de los caminos les había dejado una sed tremenda. Alrededor de su cuello una gran marca, posiblemente de esas que deja la atadura emocional y de por vida a la mala suerte.
El hambre hizo que se acercaran y poco a poco, se les hizo creer que las tormentas no producen miedo, que la noche no era tan oscura como para no ver un pequeño punto de luz, que las hojas de los árboles en la noche cerrada no son más que árboles, las sombras son sombras, no formas y que a la realidad, a la dura realidad había que ponerle una sonrisa como fuera.
Luego, dando de nuevo la vuelta a la posibilidad, nos quedábamos mirándoles y con sus dulces miradas, su fragilidad, su desconcierto y allá que resignados y replegados al mundo de la indiferencia, nos miraban de reojo como confiando salir algún día de aquella especie de maldición, de extraña maldición, salir de aquella pesada agravante de ser perros inservibles para su utilidad... de aquél confinamiento inexplicable, de aquel asfixiante ruido de argumentos sin sentido.
Es la breve y repetidísima historia. La de siempre.Sin embargo, qué diferente resuena la imagen cuando se les contempla y realmente se les mira si acaso, sólo si acaso, se les quiere mirar .

0 Deja tu comentario.:
Publicar un comentario