Amainó la tormenta. De lo alto de la montaña bajaron los miedos y la intranquilidad escurriéndose por el generoso caudal de la acequia. Los perritos se quedaron en su sitio, estaban todos, no faltaba ninguno, incluso al día siguiente, hoy, alguien tuvo la valentía de dejar a un nuevo desgraciadillo atado a la puerta del albergue. Para qué complicarse la existencia, la vida o su devenir. Se ata y ya está.
Los perritos, esos abandonados que viven en el refugio y algunos puede que para siempre, esos por los que suspiramos todos los días mientras las leyes al efecto suspiran pero de otro modo mucho más contundente porque tienen el plazo legal en su propio texto, estaban mojados y tal vez bastante húmedos de falta de luz o de incertidumbre al no saber “qué estaba pasando”.
Puede que en la jaulas del fondo, esas que recorren de norte a sur la humedad y el viento frio y cortante les constipa o les hace temblar en las largas noches de invierno, muchos estuvieran soñando con una mantita o algún tejido cálido que les proporcionara una noche más tranquila. Puede que lo soñaran o sencillamente así se deseara.
La bombas y sus ruidos extraían el agua a la velocidad misma de la necesidad mientras sacudían la noche para quitarle peso hídrico al refugio y algunos patios volvieron a repetir eso de todos los años, su fijación por el desnivel que siempre atonta al terreno batido hasta llenarlo de agua y volver a poner de alguna manera el temido cartel ese de: “Volver a empezar”.
La acequia, espléndida protagonista de su propio curso avisaba inquietante de salirse de él y asustar y mucho. Pero no, esta vez no.
Esta vez todos los perritos estaban en su sitio, colocados en sus esquinas y algunos tal vez ofreciendo el ánimo de unos y otros.
Mientras, unas personas, voluntarios, Seo, Lorena y Guillermo ajustaron su agenda, estiraron su reloj y su horario y se pegaron al reloj de la prisa para intentar en la medida de lo posible que aquellos perritos abandonados se quedaran todos en su sitio, juntitos, protegidos de la noche y su inquietud.
Esta Asociación - como tantas otras- siempre ha soñado con dejar de existir algún día porque será señal de que se acabó de una puñetera vez el abandono y su impunidad pero mientras tanto, mientras eso ocurre si alguna vez ocurre, ahí estará en la medida de sus fuerzas y posibilidades como ellos ayer estuvieron y tantas personas que aún sin estar, estuvieron.
Y siempre dicen que en los momentos difíciles hay que estar, en los momentos críticos no hay que huir sino implicarse y colaborar. Y eso hicieron .
Estas tres personas acabaron con los huesos mojados, muy mojados, las ropas no eran ropas sino pesos aumentados y la noche no estaba partida, estaba empapada, muy empapada.
Y todo ello para que los perritos, los abandonados, los de la impunidad, indiferencia colectiva o gire de cabeza que da mucha penita verlos, pudieran quedarse en su sitio, no se ahogaran o no dejaran de acurrucarse entre el ruido de la lluvia y su sueño favorito.
Era para eso, la noche fue para eso.
Del perrito nuevo, está en los huesos y la pastora alemana aquella que dejaron hace días, continúa sin levantarse o si acaso levemente. Los chubasqueros no sirvieron y habrá que adquirir unos mejores, de esos en los que el agua no cale y mantenga caliente el esfuerzo por impedir que la lluvia no les filtre sus huesecitos abandonados. La ropa de abrigo, los quesitos, un profesional de la albañilería y de la fontanería desinteresada la pediremos ya y cuanto antes mejor y la tierra cuando poco a poco consiga su color natural y seque su humedad, habrá que mirarla de nuevo y plantearse otra vez volver a arreglar los desperfectos. Y todo para los perritos, esos abandonados.
Hoy como ayer, la vida sigue. Aunque con estas personas, con las otras que ofrecieron ayuda incondicional, las que prestaron esto y aquello, dejaron sus móviles y su interés , las que enviaron ánimos y las de aquí o de allá hoy, esta asociación se siente si acaso un poco menos sola que ayer.

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