30 de enero de 2010

El comienzo de los días


Noviembre – Diciembre 2009
Ha transcurrido un cierto tiempo desde que se escribieron las últimas líneas en esta sección, la llamamos “Cinco minutos” y era quizás en osado atrevimiento e inmadura narrativa, la búsqueda de un cuento imperfecto, la historia por contar de unos animales que tenían mucho que decir. Eran y son los animales abandonados de todos los días, de todos los años, de toda la vida.
Se intentó de alguna manera que la Asociación hablara, contara y explicara su día a día, su tiempo en retazos a golpe de esfuerzo, de bofetada cruel por exceso de realismo o que, a través de un contundente puntapié, nos diéramos de bruces con la realidad más escalofriante entendida esta como animal despellejado, fracturado en su columna, degollado, ahorcado o dejado a pleno sol con una temperatura superior a los 40º atado con una cuerda escasa y a la espera de una salvación que posiblemente no llegara nunca. O esa extraña compasión de aquel que abandona pensando que no abandona sino que corrige el instinto de supervivencia del abandonado, dándole una oportunidad humana para probarlo.
Contar, explicar qué hacer y qué no hacer en una asociación con un refugio de animales, con sus idas y venidas, con sus quehaceres y sus fracasos, con sus vergüenzas y sus miserias. Sus pequeñas victorias, sus espléndidas adopciones y por qué no con sus más miserables tristezas en forma de mirada huidiza de un recién abandonado , de ojos seniles y enfermos de un abuelito en la carretera, casi ciego y con tumores, dándose de bruces con una muerte que le tienta o ese tantas veces desconsuelo viviente, de infinita fidelidad hacia su maltratador en forma de galgo o podenco.
Han pasado muchas cosas desde la última vez que se escribieron aquellas palabras pero el tiempo no se ha detenido, nunca se detiene, tal vez, asfixia pero tanto aprieta como les aprieta a ellos que ni siquiera pueden defenderse ni sufragar su absoluta indefensión. Los más débiles, las criaturas más indefensas se las quiera llamar como se las quiera llamar y se las quiera definir como humanos o no humanos.
No importa la definición, es la emoción lo que se intenta buscar, es la Emoción lo que queremos que nos emocione porque de sinrazón estamos más que hartos, de crueldad más que llenos y de estupidez más que saciados.
Estaríamos encantados con los cambios profundos, con las verdades universales, con las mentes despiertas y solidarias y con jamás llegar a aquella miopía mental a que se refería Schopenhauer cuando dijo “Todo hombre interpreta los límites de su campo de visión como los límites del mundo”, nos gustaría ir mucho más allá…
Todos hemos aprendido un poco, no podía ser menos. Entraron muchos animales en el Refugio y también salieron, Rex fue adoptado por una maravillosa familia y el dulce Scooby, el fotogénico y elegantemente serio Scooby, murió hace poco arropado por unos cuidados íntegros e intensos de una familia que le adoraba, que no tuvo ningún inconveniente en adoptarlo ya más que adulto y que sufrió y sufre su pérdida.
Otros cayeron antes de encontrar un hogar y nos encontramos con terribles disfunciones de la naturaleza humana y con reflexiones que a veces escapaban al sentido común por cuanto no se comprendía por qué tanto daño, tanto sufrimiento y tanta crueldad. Los galgos y podencos continuaban entrando en evidente estado de abandono y los perrillos falderos como en hilera, uno tras otro, buscaban urgentemente una solución a su terrible miedo de sentirse abandonados y engañados por aquellos que les prometieron amor eterno.
Sucedieron muchas cosas pero nada consiguió sufragar un mal propósito ni un mal lenguaje intoxicado. Si el mundo estaba loco o loco se consideraba, ellos no lo estaban y sólo por ellos, aquellas puertas debían continuar abiertas. Curiosamente, aquellos pequeños animales caninos de cuatro patas una y otra vez miraban al humano y perplejos abandonaban su atención expectante, cansados tal vez de tanta supina estupidez.
Sea como fuere las líneas han vuelto y la esperanza detrás, hemos pasado una página y hemos entrado en otra donde contar las cosas no será más que contarlas de otro modo. Donde vivir será procurar que vivan y donde silenciar el dolor no será más que procurar que no sufran.
No pienses que la realidad ha cambiado mucho, desgraciadamente la realidad se repite una y otra vez pero nos preparamos para recibirla. Aprendimos de los errores y los errores se rieron de nosotros. Reconsideramos la ira, tomamos la inseguridad pos estandarte y luego resultó que unos metros más allá, una pequeña criatura de poco meses se asfixiaba dentro de una bolsa de plástico sin posibilidad de gritar porque alguien le sesgó la posibilidad de vivir.
Intentaremos narrarte lo cotidiano aunque a veces lo cotidiano no tenga nombre. Evitaremos sin remediarlo los días aciagos, nos alegraremos con las flores en el aire, el estupendo color del día ante una buena adopción y buscaremos la mejor forma de transformar la tristeza en esperanza y el desconsuelo en aliento para quien lo perdió. Estos animales se merecen muchas cosas y en nombre de todos los que mueren a diario, mucho más.
Continuaremos buscando nombre para los perros recién llegados e intentaremos darle la mejor de las sonrisas al incrédulo buscador de perro precioso, bonito, que no huela y sea fácil de llevar.
Puede que cueste explicarlo porque a veces, no se encuentran las palabras adecuadas para expresar la rabia contenida, una desbordante alegría o una profunda desilusión pero esta realidad a veces tan sangrante, suele tener sus compensaciones en las adopciones responsables y quizás, sólo por eso merecería continuar, aunque para quien acude todos los días al Refugio, tantas y tantas miradas, tantos y tantos rabitos moviéndose y tantas y tantas sonrisas, es difícil evadirse de esa profunda emoción, de ese, tan profundo sentimiento de no poderlos dejar, de luchar a pesar de todos por no renunciar.
Más allá del sentimiento, de la emoción, más allá de la hoja que se mueve y del frio intenso que colapsa, mucho más allá del acto compasivo y más allá de casi todo, la solidaridad con cualquier ser vivo, atiende a una única razón: es necesaria y no, no tiene precio.
De alguna manera, todo esto va por y para todos aquellos que colaboran, que simpatizan, que ayudan, que ofrecen, que regalan un rato o que cumplen muchas horas de colaboración, que recorren unos cuantos kilómetros para darle una acogida a un animal o para todos los que en silencio, buscan al mejor adoptante para los sin hogar. Por supuesto, también va por aquellos a los que obstaculizan e intentan por todos los medio el desvío de intenciones y el menoscabo en los objetivos, pero es lo maravilloso que tiene la diversidad. Favorece la relación y el desarrollo personal.

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