Han arreglado una de las puertas de acceso al Refugio. Hace unos días, unos individuos a golpe de maza o mejor aún a golpe de coche, la destrozaron. ¿Para hacer daño, para sustraer lo ajeno, para lesionar antojadizamente a seres indefensos, para llevarse perros…? Tres perros desaparecieron y en más que “extrañas” circunstancias se recuperaban días después.
No es la primera vez que estas situaciones se producen, ni desgraciadamente, serán las últimas. Unas veces se recuperan, otras se les encuentran por agobio de la búsqueda, del “azar” o la extraña “causalidad” . En otras ocasiones los perros desaparecen y no se vuelven a ver jamás, quedando sólo aquellas fotos de admisión y unas cuantas más. Desaparecen. Y siempre las forzadas y bruscas búsquedas suelen ser para perros de caza o lo más parecido a perros de presa.
Dañar. Y mucho más que ese daño material de una puerta o un muro, el daño es saber que posiblemente el destino de esos seres sea un aberrante futuro en cruentas y oscuras organizaciones ilícitas, unos zulos insalubres, o ya ante la decepción de lo sustraído, un escueto final con un disparo suelto de escopeta o quizás, después de unas cuentas pruebas en busca de conejos, un extraño baile de muerte en cualquier recóndito árbol que les cercene su extraña y arrastrada existencia.
Y aún así, hay que apretar los dientes y esperar que todo discurra dentro de los límites más o menos razonables, con una cotidianidad sin demasiados sobresaltos, paisajes raros y angustiosos ni criaturas esperpénticas. Un día a día que no supere demasiado la preocupación de poder pagar el pienso, de llevar los enfermos al veterinario o la suerte de que en lugar de 8 sólo hayan entrado 4 de los cuales, de no discutir demasiado y de ver cómo de todo lo recogido, dos son gatitos y se quedan en la casa de las acogidas de siempre. Otro está en óptimas condiciones, uno sólo asustado y el otro, tan desnutrido que bueno, con un poco de sobrealimentación saldrá adelante.
Y duele mucho. Porque sustraer medicinas, útiles y herramientas, puede con sobregasto, reponerse, pero lo que es objetivo principal y que resulta estás protegiendo en unos frágiles muros de hormigón, eso, es difícil reponer, restablecer o sustituir. Muy difícil y hasta contradictorio por cuanto es la “basura” que otros tiraron.
Aquí, en un inútil aviso a los navegantes, no hay perros preciosos, guapas criaturas ni perfectos y habilidosos perros cazadores. En el Refugio, hay perros huidizos, enfermos, nerviosos, peludines asustados, intocables, inservibles para cazar, perros viejos y algunos que a pesar de todo, conservan aún en su mirada mil rayos de felicidad. Otros jóvenes, aún disponen de un buen horizonte que les produzca cierta perspectiva de adopción, poco más. Poco más y poco menos.
Aquí, la despensa está llena de abandono, de preocupación y de búsqueda de nuevas oportunidades para ellos.
En el Refugio no se tiene más que lo que otros han tirado, han arrojado a la realidad hostil y desconocida o les han intentado mutilar la existencia mediante el maltrato y la agonía. Y aún así, tienen toda la suerte de no haber acabado sus días en las hacinaciones de una perrera, aplastados como un sello en una carretera o destrozado su incierto futuro en un acto de crueldad humana.
Para nosotros, siempre serán auténticos tesoros aunque nos tumbe su halitosis, nos enmudezca su desnutrición, sus politraumatismos nos violenten o su mismo cansancio les impida mirarnos.
Nuestros patrones estéticos estarán alejados unos cuantos años luz de la estética utilitaria y funcional y serán tan relativos como la percepción de la Belleza misma, seguramente porque cada ser, cada cosa, es un pequeño y hermoso relato de esta gran Historia que vivimos, quizás por ello, nos harte, desesperen y cansen tanto estos hechos por lo que de ingratos y dolorosos son. Poco podemos hacer, mucho podríamos decir pero preferimos seguir, no hay más suerte que continuar por los que quedan.
Ocurre, sucede, sucederá…
Y hay que seguir, apretando dientes unas veces, doblegando sonrisa otras y por qué no, viendo esa extraña y maravillosa perplejidad que tiene la inocencia, intentando se nos pegue algo de ella .
Somos, como tantas otras asociaciones, unas disidentes y pequeñísimas líneas engullidas dentro de ese gran discurso que es la indiferencia humana ante el dolor de todos los seres vivos. Quizás la mayor tragedia sea que aún no sepamos aceptar y respetar a todos los integrantes de las distintas especies animales, incluida la nuestra.
La amenaza siempre está ahí. Todo es extremadamente frágil como para poder controlarlo.
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