Que sí, que volvemos a construir y contarte una historia sobre las ruinas de esta historia repetitiva, machacona, impune , abusiva y tan paradójica a veces, esta del abandono irresponsable, premeditado y alevoso, descarado o tan mordaz que es la misma mordacidad la que se avergüenza. Ese acto a escondidas, tan impune o tan público y notorio que las palabras que ya poco tenían que decir, se esconden abochornadas ante tanta… esa especie de argumento que chirriando los dientes, no tiene más calificativo que el de un silencio engorroso y provocativo de males mayores.

Resulta que mientras intentamos pasar página a requiebros y recortes de los malos sentidos, mientras susurramos con esperanza otro horizonte que no sea el pasado reciente, mientras buscamos buenos destinos para los que cayeron en la cuneta de la indiferencia resulta que en un día más que caluroso, en un cubo de pintura reutilizado, unos cuantos churumbeles caninos de pocas fechas, más que seguro, resultado de una irresponsabilidad como la copa de un helado gigante, amontonados y bien dispuestos esperan o un agónico final por las altas temperaturas reinantes en pleno desierto del rey Sol, que se los lleve el camión de la basura, que una rata se los coma o bien que, los de siempre, en el lugar de siempre y en la hora aproximada, los recojan y a su casa se lo lleven. Es que era una penita dejarlos morir, la perrita parió porque tenía que parir y bueno, que no se tiene valor para matarlos, qué horror, por favor, matarlos no, yo no soy de esos… y así, en el cubito, bien dispuestos, el problemita se transmite como si de una mala herencia se tratase, una herencia incómoda, cotidianamente incómoda, un legado impuesto en aras a tranquilizar alguna conciencia que no entendió bien eso de la esterilización o ni siquiera se lo planteó.
Siempre queda ese cubito, esa cajita, ese saco de rafia con nudo incluido, esa patada a otros cielos, ese bofetón cansino ,esa reiteración en un comportamiento malvado, ajeno y exento de cualquier sensibilidad y comprensión con el dolor de las especies no ya tan inferiores.
Luego, meses o años después, si hogar no hallaron, día tras otro, pasando cumpleaños anónimos, haciendo repetitivamente lo mismo, dormirán plácidamente un frio intenso o una lluvia tan intensa que no les permita más que morir en paz. Serán los abuelitos Argentos, Cher o en las calles, las colonias de gatos que la Perrera se llevó para darles fin.

Futuro maravilloso. El que les espera a muchos con la mejor de las suertes. Es el brindis al sol, al sol asfixiante que paraliza hasta la mejor de las intenciones. De todo lo demás, la muerte continuará estando incluida en los presupuestos municipales , volviendo a inyectar dinero de impuestos, dinero público para tan ingrata aunque mecánica labor y otros pocos, o muchos cuantos quizás, continuarán mientras las fuerzas existan, salvando casi decentemente la misma realidad esa de los cubitos, de las cunetas o de los famélicos espíritus animales, ese que brindis tras brindis al astro rey , maneja el cargante argumento de la repetición humana ante el mismo acto, malvado y machacón. Cargante y triste, muy triste.
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