11 de julio de 2010

Tono



Andamos un poco cansados de tonterías  pero la verdad,  nos preocupa  mucho más  la salud de Carola, la herida de Laika,  que Aska mejore, que las bañeritas lleguen pronto y que, a ver si de una vez, podemos poner toldos a las zonas  sin sombra  del Refugio. Persus regresó  y no volvimos a ver al famélico podenco que con sus huesos a cuestas y radiografiados en el suelo merodeaba en busca de comida para rellenar un poco su fina piel.
Los cachorros  continúan tan felices e  inocentes correteando de un sitio a otro y tres nuevos  regalitos en forma de mes y medio de vida, nos  dejaron en una caja de cartón a la puerta del Refugio.  Unos en casas de acogida y otros  ya creciendo, casi  alcanzan al bonachón de Yosu y ojalá no lleguen a presidir el hueco de  Tina o Kong.
 Anna, madrina de Marty acudió a ver a su amadrinada, hubo quesitos regalados para los tratamientos  y  nos pusimos a acariciar a Tono,  el patito feo de Tono.
 Gullit el buenazo de Gullit salía de su jaula  y mientras,  alguien quiso contarnos el cuento de lo bien que se porta el humano cuando, caprichosamente abandona aquello que  siempre dijo era una de las cosas que más quería... paseamos por las jaulas y vimos criaturas que llevaban tanto tiempo en el refugio, tanto tiempo…como si su tiempo, su edad, se hubiera incrustado en las paredes de las jaulas. Sus miradas ya fueran las sombras de su propio tiempo.
Recibimos    noticias de Nova en su nuevo hogar, Teka nos contó sus vacaciones junto al Guadalquivir.
 La buena de Tina,   volvió a mirarnos y decirnos qué pasaba, que  a ver si ya le tocaba a ella, Bruno, más serio aunque no por ello  igual de sereno, hizo alguna que otra contorsión   y  gala de paciencia mientras buscaba un trocito de trapito donde dormir la siesta.
Posiblemente nos regalen un frigorífico  y posiblemente  podamos continuar trabajando por ellos. Posiblemente pase el calor y posiblemente podamos regalarte la mejor de las sonrisas sin necesidad de darnos de bruces contra esta amarga realidad del día a día, esa de las cajitas de cartón, de los cubos hacinados de vida o de los lanzadores compasivos de animales vivos.
Del cielo bajaron unas estrellitas y nos confirmaron lo que ya sabíamos, que hemos de seguir. Que los peques están ahí y siempre debe estar ahí.  Y por un momento, sentados bajo aquellos momentos de tensa  espera pensamos  que todo este maravilloso equipo humano que envuelve la asociación, sus socios, sus colaboradores, sus padrinos, sus voluntarios, todos sin excepción, se merecían la mejor de las respuestas, se merecían la más perfecta interpretación de lo que es una esperanza de futuro.
Hicimos memoria y no, no podía ser, amarrados sus destinos, no pudimos más que pensar que era tremendamente necesario continuar respirando el buen consejo de aquella tortuga que sin prisa pero sin pausa pensó que el lento  pero seguro caminar haría  todo lo  posible en la pesadilla de lo imposible.  
Pocas palabras se necesitaban, el sereno silencio cubría y protegía tan perfectamente las  honestas intenciones  de ayudarles que seguramente, de todas las palabras, de todos los vocabularios, la mejor respuesta era aquella que ni una sola palabra  necesitó.   

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