Es triste detenerse por un instante a ojear el mundo y muchísimas partes estén llenas de crueldad o extraños pagos a la fidelidad en forma de ignominia o dolorosísimas y agónicas muertes premeditadas y costumbristas.
Donde vayas, un mundo hostil y no ya para los humanos sino por supuesto, para otros animales. Estos, en millones de casos con una vida miserable apretándoles hasta asfixiar su propia esencia y hundidos en la esclavitud de la utilidad, arrastrados a la dependencia y sumisión más terrible o confinados a la invisibilidad más absoluta.
Son otros animales y al mundo tirano, girando tan deprisa no le interesa planteamientos filosóficos, éticos o religiosos o de cualquier otra índole que les equiparen, hay problemas mucho más importantes que con el tiempo – curiosamente- se comprueba no lo eran tanto porque permanecen y subsisten, variando en tiempo y forma pero subsistiendo en su propia esencia.
Cientos de artículos, de movimientos en pro de sus derechos, de reivindicaciones, protestas y declaraciones universales han vestido el tiempo y la historia intentando dar forma de sensatez y respeto, de amor y compasión hacia ellos. Y si la compasión es una emoción que consigue o tiene la extraña habilidad de ponerse en el lugar del que sufre o padece, duelen las costillas y un profundo dolor aprieta el pecho hasta doler porque “te hace sentir lo que puede estar sufriendo el otro”, si con el descubrimiento de las “neuronas espejo” podemos llegar a comprender el sufrimiento de los otros, quizás fuera necesario tener disposición a hacerlo y utilizarlas con asiduidad para que no cayeran en la oxidación y el olvido.
Miles de casos día a día sustentan la idea para muchas personas, que con los siglos que han pasado el animal, el irracional, ese inferior en categoría, ya debería tener bien asentados sus derechos y ser respetados incluso en el momento de su muerte conforme a sociedades avanzadas y maduras, equilibradas y desarrolladas.
No parece exista un interés especial por conseguirlo. Qué lejos de la compasión budista…
Con el tiempo que lleva este planeta funcionando y del recorrido en su historia, pese a tantas investigaciones que ofrecen muchas similitudes en los campos del dolor y placer, en las emociones no tan dispares ni diferentes entre animales humanos y no humanos, hemos de seguir creyendo que poco a poco, lenta, muy lentamente algo cambie en la manera de percibir a los animales no humanos, en su trato y respeto.Estamos a años luz de que nada justifique nada y sin embargo, su destello, sus sombras y sus secuelas dolorosamente lumínicas nos acompañan todos los días desde hace siglos de modo encarnizado y cruel, muy cruel.
Si la sensibilidad está embotada y la compasión suena a debilidad, la empatía, esa emoción social no ya de sentir sino de ponerse en la piel del otro no debe de haber crecido muy deprisa, en un mundo que alcanzó la luna, investigó Marte, arrasó la totalidad de muchos bosques para presuntamente ayudar a su población a sentirse más protegida en medio del desierto y confinó a la persona a mero individuo en un mundo lleno de claves.
En cualquier caso siempre quedan la perplejidad, la compasión, el optimismo y hasta la propia involución.

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