Se conocieron en cualquier lugar, de esos en que en un instante hizo falta, puso el momento, adecuó el reloj y vino en ayuda. Se conocieron cuando Vernita era una bolita de indefenso cuerpo y escasas despensas. Se conocieron en cualquier lugar cuando sus dos semanas de vida y una casualidad por delante luchaban a ciegas con la posibilidad de sobrevivir en un mundo hostil, muy hostil. Fue difícil hacerle ver que tenía que tomarse la leche para salir adelante, fue difícil, muy difícil hasta que el quesito le puso la solución a tantas horas de preocupación. Vernita lloraba y lloraba porque no quería comer.
Pero aprendió a ponerse bien, a estar sana y a mirar como sólo ellos saben mirar. Aprendió a crecer y enseñó a Alicia como sentirse mucho mejor, a ser más feliz , a tener un poco más de paciencia a abrazar el tiempo y regodearse con la delicadeza de una piel que crecía en medio de dos semanas de futuro y casi a las puertas de una solución a su frágil existencia.
Fue un roce, un encuentro donde dejar la pista del horizonte incierto y volar a otro lugar mucho mejor, ese que le esperaba junto a otros gatos. Vernita y Alicia aún se ven, se abrazan con la sonrisa y se funden con el recuerdo. Es lo que no se ve, lo que se siente pero no se ve. La complicidad, la sonrisa a medias y la memoria, esa que a veces es mejor de lo que quiere parecer.
Vernita y Alicia, por si acaso no les conocias.
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